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Me creí del centro de la industria y el territorio me bajó de ahí

  • Foto del escritor: Emmanuel Jaramillo
    Emmanuel Jaramillo
  • 10 ene
  • 2 min de lectura

Imagen creada con ChatGPT
Imagen creada con ChatGPT

Después del asesinato del cineasta Mauricio Lezama hice algo que hoy recuerdo con incomodidad. Creí que lo que hacía falta era ir a un territorio periférico a “enseñar” a hacer cine “de verdad”, apoyándome en supuestas diferencias técnicas y tecnológicas. En uno de esos espacios, una mujer mayor, realizadora, me dijo algo que me dejó sin argumentos: "Ustedes creen saber hacer cine porque tienen acceso a camiones de equipos y nombres conocidos, mientras nosotros sin nada de eso llevamos años contando nuestras historias desde el territorio, a veces incluso con el enemigo fuera de la casa". Me callé, entendí y decidí parar y postergar los otros talleres (nunca se hicieron).


Traigo esto a colación porque en Colombia no es lo mismo contar historias desde las periferias que desde los centros del sector. No es una discusión estética ni un problema de talento, es una diferencia profunda de condiciones materiales, de riesgos, de tiempo y de memoria. Desde Bogotá, Medellín o Cali se habla de circulación, mercados, formatos y ventanas. Desde muchos territorios se habla (antes que nada) de sobrevivir, de no exponerse de más, de cómo narrar sin poner en peligro a quienes dan su testimonio.


Imagen creada con ChatGPT
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Hacer cine desde la periferia no es una elección romántica, es trabajar con carencias logísticas, con ausencia de redes, con economías frágiles y con una historia de violencia que no está en los libros, sino en las calles. Es cargar con la sospecha, con el olvido institucional y con la expectativa de que la historia sea “útil” para alguien más. Y aun así, insistir.


Por eso el caso de Mauricio Lezama duele y alerta. Fue asesinado en Arauca mientras hacía castings y la preproducción de un cortometraje basado en el testimonio de una sobreviviente del genocidio de la Unión Patriótica. No estaba “representando” un territorio desde lejos. estaba allí, escuchando, acompañando, trabajando desde adentro. Su asesinato no es solo un crimen individual, es una señal brutal de lo que implica narrar ciertas memorias desde ciertos lugares.


Tal vez por eso también deberíamos revisar con más cuidado la idea de “llevar” cine a las periferias, muchas veces las historias ya están siendo contadas, lo que no está es la protección, el respaldo, la escucha real y los recursos que no exijan adaptar el relato a la comodidad del centro. Contar desde la periferia no es hacerlo peor ni de manera incompleta, es hacerlo desde otro lugar, con otros costos y otras urgencias. 


Si de verdad queremos un cine colombiano diverso y honesto, el primer paso no es enseñar, ni corregir, ni centralizar. Es reconocer desde dónde hablamos y aprender a no ocupar un espacio que ya estaba lleno de historias.


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