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Cuando el cine abre mundos

  • Foto del escritor: Emmanuel Jaramillo
    Emmanuel Jaramillo
  • 8 ene
  • 4 min de lectura

En 2011, con 17 años, tuve la oportunidad de vivir una experiencia que cambió para siempre mi manera de ver el mundo y el audiovisual. Mi amigo y colega Andrés Lozano me invitó a colaborar en su proyecto social en Tierra Bomba, un caserío en una isla de Cartagena. Venía de una vida tranquila en Pereira, en una finca familiar; no tenía lujos, pero tampoco me faltaba nada. Sin embargo, al llegar a Tierra Bomba, me encontré con un choque profundo y real: la desigualdad en Colombia se hacía tangible en cada historia de los niños que conocí, en cada mirada y en cada conversación.


Mientras las postales de Cartagena muestran playas, murallas y lujo para turistas, en Tierra Bomba se vivía otra realidad. Casas precarias, caminos de tierra, ausencia de servicios básicos y una lucha diaria por sobrevivir contaban una historia que no aparece en las postales. Lo que descubrí allí fue una comunidad resiliente, llena de creatividad y fuerza, pero marcada por condiciones sociales y económicas muy complejas. Para muchos de los niños, la vida estaba limitada por barreras que para mí eran incomprensibles: acceso casi nulo a agua potable, educación con recursos limitados, y pocas oportunidades de mostrar sus talentos al mundo exterior.



Mi primer día en los talleres me enseñó la importancia de escuchar antes de actuar. Andrés ya llevaba varios años desarrollando un proceso sólido de cine social en la isla, y mi papel era acompañar y aportar desde mi experiencia. Lo que más me impactó fue ver el entusiasmo de los niños, su curiosidad por aprender y su deseo de contar sus propias historias. Desde el inicio, entendí que no se trataba solo de enseñar técnicas de cámara o edición, sino de abrir un espacio donde ellos pudieran expresarse y apropiarse de su voz.


Lo más inesperado fue darme cuenta de que yo había ido a enseñar, pero terminé aprendiendo y cambiando yo mismo. Cada taller, cada historia que los niños compartían y cada momento frente a la cámara me enseñaron lecciones sobre resiliencia, creatividad, empatía y la verdadera fuerza de las comunidades cuando se les da voz y herramientas.


Durante meses dimos talleres de realización audiovisual. Les enseñamos conceptos básicos de narrativa, iluminación y encuadre. Poco a poco, los niños comenzaron a experimentar, a plantear ideas y a proponer historias basadas en sus propias experiencias.


El resultado fue “El ojo del agua”, un cortometraje que reflejaba la realidad de la isla: la falta de agua. Fue increíble ver cómo, desde un problema cotidiano que les afectaba directamente, pudieron construir un relato con estructura, emoción y conciencia social. Ellos no solo eran los protagonistas de su historia, sino también los creadores.


Meses después, los niños tuvieron la oportunidad de estrenar su cortometraje en el marco del Festival Internacional de Cine de Cartagena (FICCI). El evento contó con invitados nacionales e internacionales, y la presentación estuvo a cargo del actor y presidente del festival, Salvo Basile. Para muchos de esos niños era la primera vez que salían de la isla, y la mayoría ni siquiera sabía quiénes eran esos “importantes” invitados que los acompañaban en la premier. Verlos subir al escenario, emocionados y orgullosos de su trabajo, me enseñó que el cine puede abrir puertas y horizontes que antes parecían inalcanzables.


Esta experiencia me permitió reflexionar sobre el poder del cine como herramienta social. No se trata solo de formar habilidades técnicas en jóvenes de comunidades vulnerables, sino de darles voz, visibilizar realidades que permanecen invisibles para la mayoría y empoderar a quienes rara vez son escuchados. Los procesos de formación audiovisual generan un efecto multiplicador: los participantes adquieren confianza, desarrollan habilidades de comunicación, fortalecen su creatividad y se sienten parte activa de un proceso de transformación. Al mismo tiempo, los espectadores de sus historias (ya sean familiares, vecinos, autoridades o asistentes a festivales) tienen la oportunidad de acercarse a realidades que muchas veces desconocen o ignoran.


Más allá del taller y del cortometraje, la experiencia de Tierra Bomba me enseñó que los proyectos culturales pueden ser un motor de inclusión y cambio social. La cultura y el arte no son elementos secundarios o decorativos: son herramientas poderosas para construir ciudadanía, promover la equidad y generar empatía. Cada niño que aprendió a usar una cámara, a narrar su historia y a presentar su trabajo en un escenario internacional, se convirtió en un pequeño agente de cambio dentro de su comunidad.


Hoy, más de una década después, al mirar atrás, reconozco que proyectos como este son fundamentales para contrarrestar la desigualdad y la gentrificación cultural y turística. En Tierra Bomba, mientras una parte de la isla se transforma en destino turístico y genera ingresos para algunos, los residentes históricos enfrentan desafíos diarios para mantener su acceso a recursos y oportunidades. Los talleres de cine social permiten que estas comunidades mantengan y compartan su identidad, y que sus voces no se pierdan frente al avance de procesos que muchas veces las excluyen.


Reflexionar sobre esta experiencia me confirma que invertir en arte y educación en zonas de vulnerabilidad es invertir en la construcción de un país más justo. Cada historia contada, cada niño empoderado y cada cortometraje creado tiene un efecto que va más allá de la pantalla: genera conciencia, crea comunidad y transforma la manera en que vemos y entendemos la realidad.


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