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Sumar horas de rodaje y la ilusión del título: apuntes sobre cómo se forma un cineasta

  • Foto del escritor: Emmanuel Jaramillo
    Emmanuel Jaramillo
  • 14 ene
  • 3 min de lectura
Rodaje de nuestro documental "Lez-Ama. Vivir filmando". Disponible en RtvcPlay
Rodaje de nuestro documental "Lez-Ama. Vivir filmando". Disponible en RtvcPlay

Durante más de una década de trabajo en cine y audiovisual, hay una experiencia que se repite con una regularidad casi incómoda: en ningún momento se me ha pedido un diploma que certifique mi condición de cineasta. Lo que aparece, de manera constante, es la pregunta por la experiencia acumulada, por los procesos atravesados, por los proyectos realizados. La biofilmografía funciona como un archivo vivo, no como una credencial simbólica.


Esta insistencia revela algo esencial: el cine no se organiza alrededor de títulos, sino de prácticas.


El cine como oficio antes que como disciplina


Pensar el cine únicamente como una disciplina académica es una simplificación cómoda. El cine es, ante todo, un oficio atravesado por la técnica, la intuición, la negociación y el error. Un oficio que se ejerce en condiciones inestables, donde cada proyecto redefine sus propias reglas.


El set de rodaje no es solo un espacio de ejecución, sino un espacio de formación permanente. Allí se aprende a leer los tiempos, a gestionar tensiones, a reconocer los límites materiales de una idea y a reformularla sin perder su sentido. Ninguna de estas operaciones puede aprenderse por completo fuera de la experiencia concreta.


Sumar horas de rodaje no equivale a repetir mecánicamente un procedimiento; implica una sedimentación lenta de saberes que no siempre pueden verbalizarse. El conocimiento se vuelve corporal, casi automático, pero no por ello irreflexivo.



Imagen creada con ChatGPT
Imagen creada con ChatGPT

La experiencia como acumulación cualitativa


La analogía con las horas de vuelo resulta útil precisamente porque desplaza la discusión del terreno simbólico al terreno operativo. Un piloto no se define por lo que sabe en abstracto, sino por cómo responde cuando las condiciones cambian de forma imprevista.


En el cine, las horas de rodaje cumplen una función similar. Cada rodaje introduce variables nuevas: equipos distintos, contextos culturales específicos, tensiones humanas irrepetibles. La experiencia no se acumula como un listado de logros, sino como una capacidad ampliada de lectura y respuesta.


El oficio aparece cuando la toma de decisiones deja de ser puramente teórica y se convierte en una práctica situada.


Ver cine como forma de transmisión


Existe otra dimensión formativa que rara vez se reconoce en los discursos institucionales: el acto de ver cine. No como consumo, sino como estudio informal y persistente. Ver cine es entrar en diálogo con decisiones ajenas, con problemas ya planteados y resueltos de maneras múltiples.


La frase de Quentin Tarantino, tantas veces citada, suele perder fuerza por repetición, pero su núcleo sigue siendo relevante: el cine se aprende en contacto directo con las películas. Muchas de las miradas más singulares del cine no surgieron de una formación reglada, sino de una relación intensa y prolongada con las obras.


Esa relación construye sensibilidad, memoria visual y una comprensión profunda del lenguaje, difícil de sistematizar en programas académicos cerrados.


La academia como espacio ambiguo


La academia no es, en sí misma, el problema. Puede ser un espacio fértil para el pensamiento crítico, para la discusión histórica y para la construcción de criterios compartidos. Puede ofrecer marcos que permitan entender el cine más allá de la urgencia productiva.


El conflicto aparece cuando la academia promete lo que no puede garantizar: la validación profesional. Algunas instituciones han convertido el cine en un producto certificable, desconectado de las condiciones reales de producción y trabajo. En ese proceso, el título reemplaza a la experiencia como signo de legitimidad, aunque esa legitimidad no sea reconocida fuera del aula.


Existen excepciones, particularmente en ciertas universidades públicas, donde el cine se piensa desde su dimensión cultural y social. Pero incluso allí, la formación no puede sustituir la experiencia.


Una identidad en construcción permanente


Ser cineasta no es una identidad fija ni un estado alcanzado. Es una condición inestable, siempre en proceso, que se redefine con cada proyecto. Se sostiene en la práctica, en la capacidad de leer contextos, de trabajar con otros, de asumir errores y de persistir.


El cine no se valida por acumulación de títulos, se valida en la experiencia sostenida del hacer, no en el aula, en el rodaje.


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