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¿Vale la pena arriesgarse por contar una historia?

  • Foto del escritor: Emmanuel Jaramillo
    Emmanuel Jaramillo
  • 15 ene
  • 3 min de lectura

Detrás de cámaras del rodaje. 2011
Detrás de cámaras del rodaje. 2011

Tenía 17 años cuando acepté participar como realizador audiovisual en un documental para un periódico europeo de gran reconocimiento. No se trataba de dirigir, sino de registrar, acompañar, estar detrás de la cámara. En ese momento no lo viví como una decisión trascendental, sino como una oportunidad: un proyecto con visibilidad, un equipo con experiencia, una historia que prometía impacto.


La película giraba alrededor de una mujer mayor con vínculos profundos con una organización criminal local. Era una historia incómoda, presentada como “necesaria”, aunque entonces no me pregunté con suficiente claridad necesaria para quién. Hoy sé que esa pregunta lo cambia todo.


Antes de que pudiéramos entrevistarla, la mujer fue capturada, y con su captura llegó la urgencia. El proyecto debía sostenerse enviando material semanal, y el dinero para la producción dependía de eso. Sin la voz central, empezamos a buscar alrededor, entrevistamos a personas que orbitaban su mundo: sicarios, expendedores de droga, pandilleros, personas involucradas en trata de blancas, etc.


En ese momento yo no tenía las herramientas para dimensionar del todo lo que estaba ocurriendo, no entendía que no estaba “recolectando material”, sino entrando en la vida de personas reales, atravesadas por violencias que no desaparecen cuando se apaga la cámara.


El error más grande fue pagar por los testimonios. Se justificó como una práctica habitual, como una forma de facilitar el acceso, pero pagar no es lo mismo que acordar, el dinero acelera decisiones, pero no construye consentimiento ni cuidado, muchas personas hablaron y luego se arrepintieron. Con el tiempo entendí que ese arrepentimiento también era una forma de verdad.



Detrás de cámaras del rodaje. 2011
Detrás de cámaras del rodaje. 2011

Finalmente logramos entrevistar a la mujer en una cárcel de otra ciudad, pero no dijo nada obviamente, estaba en pleno proceso judicial y no iba a declarar frente a una cámara cosas que jugaran en su contra. El proyecto se cayó, como suelen caerse estos proyectos: sin un cierre claro, sin hacerse cargo de lo que ya habían puesto en movimiento.


El periodista extranjero regresó a su país, el director volvió a su ciudad y yo me quedé.


Me quedé en una ciudad pequeña, cruzándome todos los días con las personas que habíamos entrevistado, personas que comenzaron a buscarme, a seguirme, a amenazarme, querían que les devolviera un material que ya no estaba en mis manos. Yo era el rostro cercano, el cuerpo disponible, el único que permanecía en el territorio cuando todo lo demás se desarmó.


Busqué ayuda institucional, fui al entonces DAS esperando algún tipo de protección, pero la respuesta fue tan simple como devastadora: “váyase de la ciudad; con esa gente no nos podemos meter”. No hubo acompañamiento, ni responsabilidad, ni red, sólo la confirmación de que estaba solo.


Así terminé dejando mi casa, mi ciudad, mi vida tal como la conocía. Amenazado, desplazado forzosamente. No por una película estrenada, no por una investigación que transformara el debate público, sino por una historia que nunca llegó a existir.


Con los años entendí que no fue el deseo de contar lo que me puso en riesgo, sino la falta de conciencia sobre lo que implica contar. El cine documental no es solo una forma de narrar, es una forma de relacionarse con el mundo, y esas relaciones dejan marcas.


Hoy sigo creyendo en el cine documental, sigo creyendo en la potencia de las historias, pero ya no creo en la idea del riesgo como virtud en sí misma, no creo en el sacrificio romantizado, ni en el relato del creador que “lo dio todo” por una película.


Contar historias vale la pena, pero solo cuando se hace con cuidado, con tiempo, con responsabilidad. Porque cuando el rodaje termina, la vida continúa, y no todos pueden irse.


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