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Aplausos afuera, silencio adentro: el cine colombiano frente a su público

  • Foto del escritor: Emmanuel Jaramillo
    Emmanuel Jaramillo
  • 21 ene
  • 4 min de lectura

El año comenzó con buenas noticias para el cine colombiano. La nominación de Un poeta, de Simón Mesa, a los Premios Goya, y la presencia de cinco películas colombianas en la Berlinale 2026 confirman algo que, dentro del sector, muchos ya intuían y es que el cine colombiano atraviesa un momento sólido en términos creativos, autorales y de reconocimiento internacional.


Las películas viajan, los proyectos circulan y los nombres aparecen en festivales, catálogos y conversaciones globales. Hacia afuera, el mensaje es claro de que Colombia es un país que produce cine relevante, con identidad, con riesgo estético y con una voz propia dentro del panorama internacional.


Sin embargo, cuando el foco se mueve del exterior al territorio local, la imagen cambia.


El contraste incómodo


En 2025, Colombia registró más de 49 millones de asistentes a salas de cine. Fue un año con alta actividad de exhibición, marcado por grandes estrenos internacionales y una oferta diversa. En total, se estrenaron 391 películas, de las cuales 73 fueron colombianas.


Aun así, el cine nacional concentró apenas el 1,7% del total de espectadores. No se trata de una cifra nueva ni de un fenómeno reciente, pero sigue siendo una de las más elocuentes para entender el momento actual. Las películas están ahí, se producen, se estrenan y circulan, sin embargo, su impacto en el público local sigue siendo reducido frente al tamaño real del mercado.


Incluso títulos tradicionalmente asociados a grandes convocatorias como la saga decembrina de Dago García Producciones enfrentaron un año complejo, lo que indica que el problema no se limita al cine autoral o independiente, sino que atraviesa distintas capas del ecosistema.



No es una discusión sobre calidad


Durante años, cada vez que se habla de la baja asistencia al cine colombiano, aparece una respuesta casi automática: “es un problema de calidad”, “faltan buenas historias”, “no conecta con la gente” o las más usada "siempre son las mismas películas", sin embargo, estas explicaciones resultan cada vez menos convincentes.


El reconocimiento internacional, las selecciones en festivales, los premios y las trayectorias de muchos realizadores demuestran que el talento existe, que las historias están ahí y que el nivel técnico y narrativo es competitivo.


El problema, entonces, no parece estar en la capacidad de hacer cine, sino en la relación entre ese cine y sus espectadores.


¿Para quién se está haciendo cine?


Tal vez una de las preguntas más incómodas (y necesarias) sea ¿para quién se están haciendo las películas colombianas?. No como una acusación, sino como un ejercicio honesto de reflexión.


En muchos casos, los procesos de creación, financiación, circulación y validación del cine colombiano están más orientados a cumplir con lógicas de festivales, fondos, jurados y mercados internacionales que a construir una relación sostenida con el público local.


Esto no es necesariamente un error porque los festivales cumplen una función vital al permitir visibilidad, financiación, legitimidad y circulación. El problema surge cuando ese circuito se convierte en el principal (o único) horizonte de sentido.



Cuando el éxito se mide casi exclusivamente por selecciones oficiales, premios o viajes, la conversación con el espectador cotidiano queda relegada a un segundo plano.


El espectador como figura ausente


El público colombiano no es una masa homogénea ni pasiva. Consume cine, llena salas, responde a narrativas específicas y demuestra, una y otra vez, que está dispuesto a pagar por experiencias cinematográficas que lo interpelen.


Pero el cine colombiano suele pensar al espectador como un problema (alguien que “no entiende”, “no acompaña” o “no valora”) más que como un interlocutor con el cual dialogar.


Ahí aparece una fractura clave: industria y público avanzan en paralelo, pero rara vez se encuentran. Se producen películas sin que exista una estrategia clara de mediación cultural, pedagogía, conversación o construcción de audiencias a largo plazo.


No simplificar, pero sí dialogar


Plantear esta discusión no implica pedir un cine más simple, más comercial o menos autoral, tampoco supone renunciar a la experimentación, al riesgo o a las búsquedas personales, el cine, como expresión cultural, es mucho más que un producto final.


Pero sí implica asumir que un cine que no se ve en su propio país tiene una conversación pendiente, incluso cuando goza de prestigio internacional.


Tal vez el desafío del cine colombiano hoy no sea producir más películas, la producción existe y es constante (mucho más allá de las salas) sino reconstruir el vínculo con su público, sin paternalismo, sin culpa y sin discursos defensivos.


Una pregunta abierta


El cine colombiano dialoga con el mundo, viaja, se muestra, se valida y eso es valioso y necesario, pero al mismo tiempo el diálogo con su propio público sigue siendo frágil, intermitente y, en muchos casos inexistente.


Ese contraste no señala un fracaso, pero sí plantea una pregunta de fondo que vale la pena sostener en el tiempo ¿para quién estamos haciendo cine en Colombia?


De pronto en la respuesta, o en la incomodidad de no tener una, esté una de las claves para pensar el futuro del cine nacional.


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